Voy a soñar que estoy sentada ante el viejo buró, con tintero y pluma en mano, y que tengo todo el tiempo del mundo... porque soñar no cuesta nada.

martes, 18 de marzo de 2014

SHINE


MANUEL

Comenzaba un nuevo año, sin expectativas. La Navidad había transcurrido anodina y monótona entre reuniones familiares y comilonas. Ni los encuentros con los amigos lo habían animado. Había hecho verdaderos esfuerzos por sonreír y participar en las conversaciones absurdas que se repetían constantemente, pero sólo le preocupaba una cosa que lo mantenía absorto: su matrimonio. Desde hacía meses, su esposa no era la misma, parecía que lo evitaba, por más que él buscaba su compañía, ella siempre tenía un pretexto, algo que hacer, algún otro compromiso, con su madre, con sus hermanas, con alguna amiga o compañera de trabajo, una llamada de teléfono, una visita, una reunión…Los escasos momentos que coincidían en casa, siempre estaba atareada, últimamente no cesaba de corregir exámenes o trabajos de sus alumnos o de planificar sus clases. Por las noches, ella preparaba la cena, se sentaban y comían sin hablar, apenas comentaban alguna noticia del telediario. Después, solían sentarse un rato a ver la televisión, alguna película, pero ella, al momento se excusaba, tenía sueño, estaba cansada y se iba a la cama. Cuando él la seguía, ella estaba leyendo o dormida. Y así un día tras otro. ¿Qué les estaba ocurriendo? Tras cinco años de convivencia en los que habían sido realmente felices, ahora él sentía que la estaba perdiendo. No había la complicidad de antaño entre ellos ni gestos de cariño. Él la buscaba pero ella se le escapaba entre los dedos. Ni siquiera quiso acompañarlo varias semanas antes al viaje que tuvo que hacer a Andalucía, enviado por la Revista, para hacer unos contactos. Estaba seguro de que un par de días fuera de su entorno les habría servido de acercamiento. Pero ella se negó rotundamente: imposible pasar el fin de semana fuera con todo lo que tenía que hacer.

Sin duda, esta situación le estaba afectando y no conseguía concentrarse. En el plazo de una semana debía entregar el relato que mensualmente publicaba en la revista literaria para la que trabajaba. Desde  hacía tiempo sufría el síndrome de la página en blanco y ya se le habían agotado todos los relatos que había acumulado gracias a su en otro tiempo prolífica imaginación y facilidad para escribir. Angustiado y nervioso, decidió salir a dar un paseo en busca de inspiración. Se enfundó un grueso chaquetón, gorro, bufanda y guantes de lana, y salió al encuentro del riguroso invierno castellano, que lo recibió con un viento desapacible y molesto que le azotaba la poca piel que le quedaba al descubierto. Apenas transitaba nadie a esa hora de la mañana por las calles del barrio residencial donde vivía. Nadie estaba tan loco como para pasear en un día tan ingrato.  Aceleró el paso para entrar en calor e intentó no pensar en nada. Una calle tras otra observaba los pocos coches que había estacionados, los árboles cuyas ramas agitaba el viento, las fachadas de las casas, el humo que salía de alguna chimenea…Reconocía que era un barrio agradable y acogedor, pero ahora sólo se le antojaba triste y solitario, como él mismo, sin vida. De repente escuchó el sonido de una puerta al cerrarse bruscamente, se giró y observó cómo un hombre de su misma edad salía a toda prisa de una de las casas que había dejado atrás y se dirigía a un coche que estaba aparcado delante de la vivienda. Llevaba una gran cantidad de papeles en la mano y, mientras sacaba unas llaves del bolsillo e intentaba abrir la puerta del conductor, una ráfaga de viento se los arrebató y volaron cayendo desperdigados por la acera. Se acercó para ayudarle a recogerlos, no fue tarea fácil porque el viento seguía desplazándolos. El hombre, con gesto serio y apesadumbrado, se lo agradeció y entró rápidamente en el coche, arrancó y desapareció a toda velocidad. Algo en la expresión de aquel hombre le recordó a sí mismo, pensó que desde luego no era el único que tenía problemas. Ya era hora de volver a casa. Bajó la mirada y vio algo en el suelo, parecía una tarjeta de visita, tal vez pertenecía al desconocido. La cogió, era una tarjeta de color blanco y gris, Shine Hotel, de Granada, dirección, teléfono y fax, correo electrónico y página web. La guardó en un bolsillo y emprendió el camino de vuelta.

Sentado en su escritorio, mientras se encendía el ordenador, volvió a leer la tarjeta. Granada…una ciudad realmente hermosa, aún guardaba buenos recuerdos de aquel viaje de fin de curso, le gustaría volver a visitarla, esta vez con su esposa, si lograse convencerla. Dejó la tarjeta en el cajón del escritorio y escribió en Google: Shine Hotel Granada. Abrió el primer enlace que mostraba la pantalla que decía Hotel Shine Albayzin, Granada. Pasó el resto de la mañana buceando en Internet, la maravillosa herramienta por la que todos los días daba gracias a la tecnología y sintió cómo las musas despertaban, revoloteaban a su alrededor, le susurraban al oído, lo llamaban, le mordisqueaban en la nuca y le hacían cosquillas. Y escribió su relato.

 

SHINE

Últimamente se había puesto de moda celebrar la llegada a la cuarentena por parte de antiguos alumnos. Se trataba de una ocasión única para reunirse amigos y compañeros de colegio e instituto que, por una u otra razón, llevaban tiempo sin verse. Para algunos habían pasado incluso más de veinte años. La promoción de Laura no iba a ser menos. Gracias a las redes sociales no fue difícil contactar con un buen número de ellos. Lo siguiente fue buscar el lugar apropiado, un hotel céntrico, acordar el menú y fijar la fecha y la hora: Hotel Santa Catalina, 29 de septiembre, 14:00 horas.

Poco a poco llegaron los convocados a la fiesta. Se sucedieron efusivos saludos: besos, abrazos y apretones de mano. Relataron anécdotas pasadas y evocaron recuerdos de juventud, cantaron, bailaron, se hicieron fotografías para el recuerdo, se intercambiaron números de teléfono y direcciones de correo electrónico. La velada se alargó hasta la madrugada y discurrió realmente animada para todos los que asistieron. Sin embargo, para algunos resultó aún más especial.

Laura no se divertía tanto desde hacía mucho tiempo, en realidad no recordaba cuándo fue la última vez que reía tanto. Su vida familiar se había convertido en una sucesión de problemas que la hacían realmente infeliz. Su estado de ánimo se encontraba bajo mínimos, se sentía desganada y enferma. Cuando supo que se estaba organizando el evento, pensó que no acudiría, sería otra buena ocasión que al final volvería a dejar pasar. Pero en el último momento, sacó fuerzas de su interior y se decidió. Así que se arregló a conciencia, se maquilló para tapar sus ojeras, y vio ante el espejo a la mujer madura en la que se había convertido y que nada tenía que envidiar en belleza a aquella de veinte años atrás. Intentaría pasar un buen día. Y realmente superó sus expectativas. El reencuentro con sus amigos le hizo olvidar por unas horas todas las tribulaciones que la atormentaban. Aunque hubo un reencuentro inesperado y diferente. Ya avanzada la fiesta, su mirada se cruzó con los ojos de Diego, que la estaban observando. Se acercaron y conversaron apenas diez minutos ya que alguien les interrumpió, pero ese breve espacio de tiempo estuvo cargado de contenido y emoción, y ambos, calladamente, sintieron una conexión única.

Durante los años de instituto, Diego y Laura no habían tenido amistad ni relación alguna, no habían frecuentado los mismos grupos. Después, él se trasladó al norte con su familia, de donde procedían sus padres, para estudiar en la Universidad, y poco a poco fue perdiendo casi todos los vínculos con aquella ciudad en la que había nacido. Eso hacía este acercamiento entre ellos aún más inaudito. Ahora, sin embargo, el deseo mutuo de mantener el contacto se hizo evidente y sólo unos días más tarde empezaron a enviarse mensajes en los que hablaban de sus aficiones, de literatura, de cine…Muy pronto se sintieron con ganas de saber más y ahondaron en temas más profundos y personales. Descubrieron así que tenían mucho más en común, pues ambos estaban casados y tenían hijos, pero eran desgraciados en sus respectivos matrimonios. Les gratificaba compartir sus problemas, sinsabores y sueños. Buscaban cada ocasión que les era posible para decirse algo, un saludo, cualquier comentario, tenían la necesidad de sentir al otro presente en su vida. Sin pretenderlo, se fueron enamorando y, como una liberación, se atrevieron a confesar mutuamente su amor. El deseo por verse y comprobar hasta qué punto aquello que sentían era real se volvió irrefrenable. Todo era urgencia y vértigo, y, a escondidas, planificaron su encuentro.

Laura eligió el lugar, Granada, la conocía bien porque allí estudió en la Universidad, y le parecía una ciudad preciosa y romántica. También se ocuparía de la elección del hotel. Buscó en Internet “hoteles con encanto en Granada”, y se decidió por Shine Hotel Albayzin porque le gustó, entre otros detalles, la ubicación. Decía el enlace que se trataba de un hotel de diseño en un palacete del siglo XVI frente a los Palacios Nazaríes, situado a cinco minutos de la Plaza Nueva y a los pies del río Darro, pequeño y de bajo caudal, pero que unía las dos colinas mágicas de la ciudad: la Alhambra y el Albayzín. Contaba con 12 habitaciones amplias y elegantes, algunas con vistas a la Torre de la Vela. Era sencillamente perfecto. Diego se encargó de hacer la reserva y esperaron, impacientemente, a que llegara la fecha que habían acordado, apenas tres meses después de aquel cruce de miradas.

Quedaron en verse en el aparcamiento más cercano al hotel, en la plaza de San Agustín. Cuando Laura llegó, Diego ya estaba esperándola. Allí se abrazaron por primera vez y, tímidamente, se besaron. Se encaminaron por la Gran Vía hasta la plaza de Isabel la Católica y continuaron por la avenida Reyes Católicos. Decidieron hacer una parada en la Plaza Nueva, a pocos metros del hotel. Bebieron un vino acompañado de unas tapas de la tierra, brindaron, se relajaron y poco a poco fueron abriendo sus corazones. Por fin estaban allí frente a frente, mirándose a los ojos, entrelazando sus manos, ávidos por hablar de su amor, sintiendo que estaban justo donde y con quien querían estar porque les parecía que habían pasado toda la vida esperándose el uno al otro.

Eran conscientes de que sólo disponían de escasas horas, el deseo les sobrevino impetuosamente y se dirigieron al hotel con el ansia fluyéndoles por el alma. En ese momento no admiraron la fachada del hotel, cubierta de frescos con motivos clásicos; no se fijaron en la gastada y descolorida puerta con aldaba que imprimía una aire vetusto al umbral y que conducía a un claustro majestuoso que trasladaba al huésped al siglo XVI; tampoco apreciaron la encantadora mesa ricamente tallada que hacía las veces de recepción; ni siquiera repararon en la asombrada recepcionista que los atendió y entregó las llaves de su habitación. No veían nada que no fuese el rostro de su amante, no podían dejar de besarse con pasión y sin pudor, nada más les importaba en el mundo que sentir esas caricias que les quemaban la piel. En la habitación 102 desataron con furia su ansia acumulada y se entregaron tierna y apasionadamente. Creyeron estar perdiendo la virginidad juntos y, al mismo tiempo, sintieron que se conocían desde siempre, tal fue su complicidad. Pasaron la tarde amándose entre risas, charlas e infinita ternura.

Tras interminables besos y caricias, anocheció y, saciada su sed inicial, pudieron deleitarse con la soberbia vista de la Alhambra que les ofrecía la ventana cual extraordinario mirador. Coincidieron en que, aunque no les habría importado pasar el resto de sus vidas en su lecho de amor, no podían desaprovechar la oportunidad de pasear por la joya que se consideraba aquel rincón de Granada, una obra de arte en la que se respiraba magia. Abrazados, se mezclaron con los innumerables turistas que iban y venían por el empedrado peatonal de la Carrera del Darro, una fascinante vía adornada de hermosos palacetes, ahora varios de ellos convertidos en hoteles. Siguieron la vereda del río hasta llegar al Paseo de los Tristes, donde les llamó la atención un restaurante, Ruta del Azafrán, que hacía esquina y tenía un gran ventanal que daba a la plaza, la simple vista les abrió el apetito. Saborearon una deliciosa y reparadora cena acompañada de un buen vino y volvieron al hotel. La noche fue un cúmulo de sensaciones placenteras y, exhaustos, durmieron profundamente, felices, plenos y en paz. El amanecer los encontró recreándose en su incansable anhelo.

No podían abandonar Granada sin probar un té, por lo que antes de decirse adiós, visitaron La Cueva de Alí Babá, una simpática tetería que estaba situada frente al hotel, cruzando un pequeño puente de piedra. Se sentaron junto a una ventana y, con el rumor del río a sus pies, entre risas nerviosas y nudos en la garganta, optaron por un Amanecer de Granada y un Embrujo de Granada. Fueron los últimos sorbos de un encuentro furtivo que les había devuelto la vida pero también los llevaba a la muerte. Se despidieron con el agrio presentimiento de que nunca más volverían a repetir lo vivido en las últimas horas. No sabían qué les depararía el destino a partir de ese momento, pero siempre llevarían en el corazón, grabado a fuego, el recuerdo de Granada.

 

MANUEL

Una noche de mediados de febrero, regresó a casa después de una cena con algunos compañeros de la revista. Le sorprendió ver las luces apagadas, todo en silencio, no recordaba que su esposa le hubiese dicho que iba a salir. Miró su móvil pero no tenía ningún mensaje. Se dirigió al escritorio para encender el ordenador y revisar su correo. Junto al teclado había una nota manuscrita y, sujeta a ésta con un clip, la tarjeta del hotel Shine Albayzin. La nota decía:

He leído tu último relato. Enternecedor. Parece  que tu viaje a Andalucía fue fructífero. Adiós.
 
 
 
 
CON ESTE RELATO OBTUVE UN ACCÉSIT EX AEQUO EN EL CONCURSO QUE SE CONVOCÓ ENTRE LOS PARTICIPANTES DEL TALLER DE ESCRITURA «CREAR EN GRANADA», DEL 8 AL 12 DE JULIO DE 2013.

A CONTINUACIÓN, OS DEJO ALGUNAS FOTOGRAFÍAS RELACIONADAS CON EL EVENTO.

 
 

 

 





OTRA LUZ EN EL MUNDO


El otoño de 994 llegó implacable a Eliossana[1], impregnando sus muros  de gélidos amaneceres, cielos grises y aires recios que azotaban los árboles haciendo caer las primeras hojas. Una mañana de mediados de noviembre, Avigdor Bensabat y su hijo mayor, Goel, caminaban, como todos los días, rumbo a la Academia, que se encontraba junto a la Sinagoga, a pocas calles de su casa. Goel acudía a la Yeshiva[2], donde ya estaba preparando su ceremonia de Bar Mitzvah[3], que tendría lugar la siguiente primavera. Avigdor se despidió del joven con un apretón en el hombro, sin pronunciar una palabra, distraído. En su camino, se había cruzado con varios vecinos, los que habitualmente encontraba cada mañana, a esa misma hora, en idéntico recorrido, los mismos a los que solía saludar alegremente y con afecto. Sin embargo, esa mañana, lo hizo con apenas un movimiento de cabeza,  sin reparar en ninguno de ellos. Sus labios sólo acertaban a pronunciar algún inaudible “Shalom”[4].

Estaba inquieto por la situación que dejaba en casa. Su padre, Mordejai, se hallaba gravemente enfermo, postrado en cama desde hacía dos días; y su esposa, Lía, que culminaba su tercer embarazo, había pasado la noche entre sobresaltos, buscando infructuosamente una postura cómoda que le ayudara a conciliar el sueño. Se repetía a sí mismo que los había dejado en buenas manos, atendidos por Limor y Aluma, las hermanas más jóvenes de Lía.

Pensaba en Lía, en su avanzado estado, pero no sentía un verdadero temor, sólo el nerviosismo habitual ante un nuevo alumbramiento. Su esposa ya había dado a luz dos veces y en ambas ocasiones había demostrado su increíble fortaleza. Descendía de una familia de individuos robustos y longevos. Sus suegros aún vivían y gozaban de buena salud. Habían tenido seis hijos, y cuatro de ellos ya les habían dado un total de quince nietos, todos sanos.

Era su padre, Mordejai, el principal motivo de su preocupación. Su ya debilitada salud se había agravado durante las últimas semanas. Ciertamente, ellos no poseían el vigor que habrían deseado.

La mañana pasaba lenta. Avigdor no lograba deshacerse de la angustia que le oprimía el pecho. Deseaba que llegara la hora del almuerzo para volver a casa y comprobar cómo iba todo. No conseguía concentrarse. Tenía que concluir la traducción de un texto escrito en árabe, su especialidad, pero no acababa de terminar una frase cuando su mente ya estaba divagando y su pensamiento volaba sobre los tejados, atravesando calles y plazas, hasta la alcoba de su padre. Estaba de nuevo haciendo un esfuerzo por introducirse en el trabajo cuando irrumpió Rut, una de las sobrinas de Lía, apremiándole a volver a casa. Mientras hacían el camino de vuelta, la joven le explicó el doble motivo de tanta urgencia: Lía había roto aguas y empezaba a tener dolores muy fuertes de parto, Mordejai había empeorado y respiraba con mucha dificultad. Ya habían avisado al médico. Avigdor tenía un mal presentimiento. Sentía cómo las piernas no le respondían. Quería correr, avanzar más, pero sus pies semejaban bloques de piedra y sus rodillas estaban rígidas, lo que le impedía acelerar el paso. Las calles parecían alargarse. Llegó a su casa empapado en un sudor frío que le recorría todo el cuerpo.

Lía se encontraba en la cocina, con su madre y sus hermanas. Estaba de pie, apoyando las manos sobre la mesa, con los puños apretados. Así había visto en las anteriores ocasiones a su esposa sobrellevar las contracciones que precedían al parto. Avigdor sabía que ella, aunque le insistiera hasta la saciedad, continuaría con sus labores hogareñas hasta el último momento, cuando ya el nacimiento fuese inminente. Sólo entonces se encamaría. La besó en la frente y ella le devolvió una dulce mirada. Se dirigió entonces a la habitación de su padre. Yacía en el lecho, incorporado gracias a unos almohadones. Su respiración era débil y entrecortada, y el color de su piel se había tornado de un gris azulado. A su lado, el médico, con gesto severo, miró a Avigdor, negando con la cabeza. Convinieron en que era el momento de requerir la presencia del rabino Menkes. Mientras tanto, Avigdor se sentó junto al lecho, tomó la mano de su padre, oró en silencio y rememoró la historia del hombre que tenía ante sí.

Mordejai Bensabat había heredado una vasta extensión de viñedos al este de Eliossana, un modesto lagar y una bodega. Desde temprana edad había trabajado en sus tierras, haciendo aún más próspero el negocio familiar. Se había unido en matrimonio a Rebeca, una hermosa joven a la que conocía desde la niñez. Ambos habían perdido prematuramente a sus padres y hermanos, y ansiaban formar su propia familia. Rebeca quedó encinta y pronto se verían cumplidos sus deseos. El primer día de la celebración de Rosh Hashanah[5] del año 957, dio a luz a un varón. Lamentablemente, su débil naturaleza no pudo soportar un parto complicado que acabó con su vida tras el alumbramiento de su primogénito, dejando a su joven esposo totalmente desolado. Mientras la ciudad celebraba con algarabía el año nuevo, en el hogar de Bensabat reinaba la pesadumbre. Para hacer su dolor más liviano, Mordejai se refugió en sus viñedos, donde pasaba las jornadas completas, castigándose con el duro trabajo del campo. Tras varios años de excesos, su cuerpo no resistió más y una lesión en la espalda le forzó a descansar. Durante el obligado reposo, Mordejai reflexionó y fue consciente del error que había cometido recreándose en su amargura, la misma que le había alejado de su único hijo, que ya había cumplido quince años. Lo amaba y decidió que a partir de ese momento todo sería diferente. Arrendó sus viñedos, así cuidaría su delicado estado de salud y al mismo tiempo evitaría que su hijo corriese su misma suerte. Decidió que su hijo cultivaría las letras en lugar de las cepas. Consiguió que el maestro y erudito Ishaq ibn Chicatella tomara como discípulo a Avigdor para instruirle en Gramática Hebrea y Filología y Literatura Árabes. El joven destacó desde el principio, y, con los años, pasó de ser  un alumno aventajado a un profesor muy querido y un codiciado traductor de las letras árabes. Todo lo que era, se lo debía a su padre.

Cuando llegó el rabino, Mordejai Bensabat ya había empezado a abandonar este mundo. Aún así, Menkes recitó las oraciones junto al moribundo para confortarle en su último aliento.

Cumpliendo con todos los preceptos, comprobaron la falta de pulso y de latidos de su corazón, le colocaron una pluma en los labios que certificó que Mordejai ya no respiraba. Un golpe seco con el mazo sobre el cráneo y el médico pudo dictaminar la muerte. Avigdor cerró los ojos de su padre que ya no verían más el sol. Sus cuñados le ayudaron a amortajar el cadáver. Siguiendo la tradición, lo lavaron minuciosamente, le rasuraron el pelo, le cortaron las uñas y cubrieron su cuerpo desnudo con un paño  blanco. Dejaron una vela encendida y salieron de la estancia para recitar los salmos por el difunto.

Bien entrada la madrugada, Lía alumbró un varón que llevaría por nombre Calev. Su esposo la observaba desde el umbral. A la luz de las velas, la veía bella y exuberante, llena de alegría y amor infinito por la nueva vida que tenía en sus brazos.

La historia se había repetido años después: muerte y vida, pesar y júbilo.

Al amanecer, Avigdor y sus cuñados colocaron el cuerpo de Mordejai en un sencillo ataúd y emprendieron el recorrido fúnebre. Los vecinos que encontraron a su paso se sumaron al cortejo, orando con ellos por el difunto. Atravesaron las calles de Eliossana que ya no volvería a pisar el anciano Bensabat. Salieron por la puerta sur de la muralla, en dirección al cementerio. Se dirigieron a la que sería su tumba, junto a la de su querida esposa Rebeca. Depositaron el cuerpo en la fosa y, tras taparlo con un tablón, lo cubrieron de tierra. Finalizado el sepelio, Avigdor comenzó el camino de vuelta. Aún sentía sobre su espalda el peso del ataúd, como una losa pesada que ahogaba su alma.

Un rayo de sol se escapó de entre las nubes iluminando algunos tejados. El día empezaba a abrir. Parecía que el sol pugnaba con las nubes e iba ganando la batalla. Divisó la ciudad y le pareció hermosa, brillaba como una perla. Su ánimo fue mudando. La tristeza se transformó en alegría. Volvió a su casa. Allí lo esperaba su familia: su esposa Lía, sus hijos Goel y Judit, y el pequeño Calev, que acababa de traer una nueva  luz a su casa.

Calev, otra alma nueva, con posibilidades ilimitadas, otra luz en el mundo.



[1] Nombre hebreo de la ciudad de Lucena.
[2] Centro de estudios de la Torá y del Talmud generalmente dirigida a varones en el judaísmo ortodoxo.
[3] Ceremonia en la que el varón, a los trece años, comienza a ser responsable de sus obligaciones religiosas.
[4] Palabra hebrea que significa “paz”. Se utiliza como saludo y equivale a “hola” o “adiós”.
[5] Festividad hebrea de Año Nuevo.

CON ESTE RELATO OBTUVE UN ACCÉSIT EX AEQUO EN EL CONCURSO QUE SE CONVOCÓ ENTRE LOS PARTICIPANTES DEL TALLER DE ESCRITURA «RELATOS DE SEFARAD», IMPARTIDO POR DON JOSÉ CALVO POYATO EN LUCENA, DEL 11 AL 15 DE FEBRERO DE 2013.

A CONTINUACIÓN, OS DEJO ALGUNAS FOTOGRAFÍAS RELACIONADAS CON EL EVENTO.


 

viernes, 14 de febrero de 2014

MARÍA LUISA. MODELO DE AMOR


Carlos II, último monarca de la casa de Austria en España, murió sin descendencia el 1 de noviembre de 1700. En su lecho de muerte, tras largas vacilaciones, nombró como su sucesor al duque de Anjou —nieto de su hermana María Teresa de Austria y de Luis XIV de Francia—, que fue proclamado rey con el título de Felipe V, primer Borbón en el trono español. Esta decisión provocó el inicio de la guerra de Sucesión que enfrentó al nuevo monarca con los partidarios del Archiduque Carlos de Austria, hijo de Leopoldo I de Habsburgo y Margarita Teresa de Austria, también hermana de Carlos II.

Felipe V, a sus diecisiete años, era joven y apuesto, pero inseguro y depresivo, por lo que fue su abuelo Luis XIV quien, desde el principio, tomó las riendas de su reinado. El rey Sol acordó para su nieto una boda de Estado, y la princesa elegida fue María Luisa Gabriela de Saboya, hija de Víctor Amadeo II, duque de Saboya y rey de Cerdeña, y Ana María de Orleáns.

María Luisa abandonó su Turín natal con solo trece años, tras casarse por poderes, convertida en reina consorte. A principios de noviembre de 1701, su esposo acudió a recibirla a Figueras y, desde el primer momento, quedó prendado de ella. Era apenas una niña, y de pequeña estatura, aunque dotada de una gran inteligencia, encanto personal, amabilidad y dulzura.

Los comienzos de este joven matrimonio no fueron fáciles: no se conocían; no hablaban el mismo idioma; ambos habían dejado sus respectivos países, Francia e Italia, y debían adaptarse a la corte española, de costumbres muy diferentes; además, tuvieron que afrontar el conflicto sucesorio, que enfrentaba a los dos sobrinos de Carlos II, y fue una guerra civil e internacional que marcó los primeros años de su reinado.

Frente a la manifiesta inexperiencia y debilidad de Felipe V, María Luisa Gabriela resultó ser, a pesar de su juventud, una gran reina y el complemento perfecto del soberano. En tres ocasiones, cuando el rey tuvo que trasladarse al campo de batalla al frente de su ejército, María Luisa se hizo cargo de la regencia, cumpliendo su cometido con una madurez impropia de su edad, un alto grado de valentía, tenacidad, coraje y sentido de la responsabilidad. Se crecía ante la adversidad y demostró un gran valor y dignidad que le hizo ser querida y admirada por sus súbditos.

Superadas las primeras dificultades, en el terreno más íntimo y personal, Felipe y María Luisa eran una pareja de enamorados. Se querían y dependían el uno del otro. Nunca querían separarse. Su amor era apasionado, y, contrariamente a la costumbre de la época, siempre compartían el lecho. Tuvieron cuatro hijos: Luis, Felipe —que tan solo vivió seis días—, Felipe Pedro —fallecido a la edad de cinco años—, y Fernando. El primero y el último llegaron a ser reyes, Luis I y Fernando VI, aunque María Luisa no llegó a verlos coronados.

Después de su primer alumbramiento, la reina enfermó. Padecía tos, fiebre alta e inflamación de ganglios en el cuello. La enfermedad desarrolló en una tuberculosis crónica que no le impidió, sin embargo, continuar con entereza sus deberes monárquicos, e incluso tener más hijos, aunque sufría fuertes dolores de cabeza y envejeció prematuramente. Estéticamente, menguó su delicada belleza. Tenía bultos en el cuello que ella intentaba ocultar, y, siguiendo un tratamiento, le raparon la cabeza. El cabello no volvió a crecerle y tuvo que llevar siempre peluca. Nada de esto fue óbice para que su esposo siguiese amándola profundamente y corriese a refugiarse entre sus brazos siempre que podía.

Tras el último parto, la dolencia se acentuó. Nada pudieron hacer por ella. Durante los seis días que duró su agonía final, el rey no se separó de su lado y siguió durmiendo junto a ella. María Luisa falleció, con tan solo veinticinco años, el día de San Valentín de 1714 —un día como hoy, hace trescientos años—, dejando a Felipe sumido en una fuerte depresión. En su breve existencia, esta mujer de aspecto frágil y gran corazón, fue una gran reina, madre tierna y amorosa, y esposa apasionada. Un modelo de Amor.

 

domingo, 26 de enero de 2014

LOS MISERABLES


Hace poco he tenido la desgracia de conocer de primera mano los entresijos de una empresa familiar donde he podido comprobar, estupefacta, hasta qué punto un empresario puede llegar a ser miserable en la más amplia extensión de la palabra.

En un medio local muy popular, vi un anuncio que decía, literalmente, «se necesita administrativo/a con experiencia para trabajar en oficina, imprescindible saber inglés perfectamente hablado y escrito», y, como yo cumplía ambos requisitos, envié mi currículum vítae. Me llamaron para hacer una entrevista personal y, después de varias semanas, volvieron a convocarme para anunciarme que había tenido la fortuna de ser elegida.  

Ilusionada y dispuesta a dar lo mejor de mí misma y a exponer mis amplios conocimientos, comencé mis quince días de prueba. Me esforcé al máximo a pesar de que las condiciones laborales eran indignantes: jornada de casi once horas, sin contrato, con quince minutos para desayunar –a espeluznante toque de sirena-, descontados por supuesto del sueldo, y cuarenta y cinco minutos para comer en una cocina-comedor en la que la familia ocupaba una mesa y el resto de los empleados, cada uno con nuestra fiambrera, otra. Al cuarto día, me recibieron con un cubo y una bayeta para que limpiara la oficina, y, como hay que tener tragaderas y sabía que me estaban probando, conteniéndome la rabia, limpié (ojo, que me parece muy digno y necesario el trabajo que realizan las limpiadoras, y no descarto, como la cosa siga así, dedicarme a tan noble oficio, pero el puesto ofertado era de administrativo, «con inglés»). Aún así, y ante mi sorpresa, no superé la prueba de estos exigentes palurdos (en el último año habían pasado por dicho puesto al menos diez personas). La dieron por finalizada –despidiéndome con doscientos euros en «b»- porque, aunque mi inglés les había parecido perfecto, «no me vieron iniciativa».

Abandoné aquella nave-nido de buitres ligera como una pluma, dando gracias a Dios por no tener que volver a tratar con unos tiranos que incumplen todas las leyes de la decencia y la honestidad: defraudan, al mover ingentes cantidades de dinero negro; explotan a sus empleados obligándoles a trabajar «gratis» diez horas a la semana, es decir, cuarenta horas al mes; además, o no contratan, o degradan impunemente las categorías laborales -ingenieros como auxiliares administrativos y administrativos como peones-. Ellos tampoco pasaron mi prueba, por inhumanos, clasistas, patéticos y miserables.

¿Dónde están los inspectores de trabajo? ¿Dónde los sindicatos? ¿Quién vela realmente por los derechos de los trabajadores, hombres y mujeres con familia y necesidades básicas?

Por suerte, no todos los empresarios son iguales. Admiro profundamente a aquellos que se arriesgan, luchan por mejorar y, además, dan trabajo a mucha gente; la contratan, pagando seguridad social y nómina; respetan el horario laboral o pagan horas extras debidamente, si se hacen. Sin embargo, por desgracia, siempre se pronunciará el puñado de indeseables que abusan del más débil, buscando el enriquecimiento personal. Duerman éstos tranquilos, descansen en paz (RIP).

This entry is dedicated to R. Brothers.

 
 

martes, 14 de enero de 2014

NOCHEBUENA


Lucena, 15 de diciembre de 2013

Hola, mamá:

Ya llega otra Nochebuena. Esta va a ser la cuarta que tú faltas.

El primer año sin ti estaba muerta de miedo. Recuerdo aquella tarde del 24, no quería entrar en casa y empezar los preparativos. Asistí a un entierro, fui a comprar un regalo de última hora, di un rodeo por algunas calles, fui a visitar a la tita Loli, tu amiga del alma, quien, extrañada ante aquella intempestiva visita, aseveró muy acertadamente: «A ti lo que te pasa es que no quieres ir a tu casa, ¿verdad?». ¡Cuánta razón tenía! Imaginaba que la cena iba a ser un desastre. Visualizaba la escena: todos tristes, incluso llorando, incapaces de saborear la  cena, primorosamente preparada a pesar de todo. No quería vivir esa noche, no quería que llegara ese momento. O quería que llegara, pero que pasara rápido. Quería, en realidad, cerrar los ojos y que, al abrirlos, fuese ya el 25, u otro día cualquiera. Te íbamos a echar tanto de menos… No podía concebir cómo íbamos a pasar la Nochebuena sin ti, tú que la llenabas con tu alegría, con tus excesivas delicias culinarias, con tus detalles, tu preciosa voz entonando villancicos y tus diestras manos tocando la pandereta con tanto arte. Lo llenabas todo, nos contagiabas tu desbordante ilusión, nos animabas de manera que todos acabábamos bebiendo anís, comiendo mantecados y trocitos de turrón, aunque no pudiésemos más, y cantando contigo.

Sin embargo, afortunadamente, no se cumplió mi peor presentimiento. Seguramente, conociéndote, tu espíritu en forma de ángel estuvo allí con nosotros. No ibas a permitir que lo pasáramos mal. No se derramó ni una lágrima, no hubo rostros serios ni apesadumbrados, no hubo tristeza ni amargura. Sorprendentemente, la cena transcurrió tranquila, amorosa y amena. Disfrutamos del palada,r e incluso nos reímos. ¿Y sabes qué?, ¡hasta cantamos villancicos y tocamos la pandereta! Nos parecía increíble, con la inquietud que teníamos al principio. Acabamos entendiendo que no podía ser de otra manera, que tu forma de hacer las cosas, tu ejemplo, tu enseñanza, tu huella es tan profunda que hicimos lo único que sabíamos, lo que habíamos aprendido de ti, lo que nos habías enseñado: disfrutar los buenos momentos y vivirlos con alegría.

Desde entonces, todas las Nochebuenas las hemos preparado con ilusión y las hemos gozado. No creas, aún se me hace un nudo en la garganta, nada es lo mismo, pero ya no he vuelto a sentir aquel temor. Sé que volveremos a pasarlo bien. Ya estamos elaborando con la tita Edu –tu hermana querida del alma- el menú, organizando la distribución de las mesas y los comensales; ya están dispuestas tu mantelería nueva –aquella que compraste para las ocasiones especiales- y la vajilla de Navidad que compramos entre tú y yo –yo, un tercio y tú, dos- y que nunca se ha utilizado por separado; ordenados, copiados y grapados tus villancicos –para que todos podamos seguir el mismo orden y las letras-, y tu pandereta. Encenderemos la chimenea, saborearemos la exquisita cena que con tanto cariño hemos planeado, comeremos turrón y beberemos anís. Los niños disfrutarán, nosotros, también. Nos reiremos, cantaremos y acompañaremos los villancicos con cascabeles, botellas, cubiertos, lo que sea. Eso sí, la pandereta…nadie la toca como tú.

lunes, 13 de enero de 2014

EL PUNTO DE VISTA


LA SITUACIÓN

Cuando salió del centro comercial ya había anochecido. Llevaba varias bolsas con paquetes envueltos en papel de regalo. Caminó hasta su coche y guardó las compras en el maletero. Condujo hasta su casa y aparcó en el garaje. Saludó con un beso a su marido y a su hijo, y se dirigió al cuarto de baño, donde empezó a desmaquillarse.

ÉL

Mi esposa llegó a casa más tarde de lo habitual. Seguramente  había tenido un día agotador en el trabajo. Esa mañana incluso se había ido a la oficina más temprano de lo que acostumbraba. La observé cuando estaba ante el espejo desmaquillándose, me pareció distraída y tan absorta en sus pensamientos que ni siquiera reparó en mi presencia mientras me desnudaba para darme una ducha.

ELLA

Llegué a casa, por fin, después de un día agotador. Me había levantado muy temprano para llegar a la oficina antes de mi hora habitual y así poder salir un poco antes. Faltaban muy pocos días para Navidad y aún no había comprado los regalos. No podía demorarlo  más, así que, después de dos horas de dudas e indecisiones en el centro comercial, volví con los paquetes en el maletero del coche. Mientras me desmaquillaba ante el espejo, no podía dejar de darle vueltas al asunto: «¿Habré acertado esta vez?»

ELLOS

Llegó a casa, agotada después de haber pasado todo el día fuera. Se había levantado muy temprano para llegar a la oficina antes de su hora habitual y así poder salir un poco antes. Faltaban muy pocos días para Navidad y aún no había comprado los regalos. No podía demorarlo más, así que, después de dos horas de dudas e indecisiones en el centro comercial, volvió con los paquetes en el maletero del coche. Besó a su marido y a su hijo, y se dirigió al cuarto de baño pues necesitaba asearse y ponerse cómoda. Su marido la siguió y la observó mientras él se desnudaba para darse una ducha, pero ella ni siquiera reparó en su presencia. Se estaba desmaquillando ante el espejo y no podía dejar de darle vueltas al asunto: «¿Habría acertado esta vez?»

viernes, 13 de diciembre de 2013

DON QUIJOTE Y SANCHO PANZA


—¿Qué me ha  ocurrido, amigo Sancho? ¿Qué ha pasado? ¿Dónde estoy? No acabo de entender… ¡Qué extraño! Me siento… cansado —dice apesadumbrado Don Quijote con un débil hilo de voz.

—No os preocupéis, mi señor, ya vendrán tiempos mejores. Descansad —le responde Sancho con ternura mientras posa su ruda y curtida mano sobre el hombro de aquél, como si quisiera  arroparlo dándole calor.

Don Quijote, invadido por la melancolía,  yace lánguido, decaído, abatido y derribado. Sancho, conmovido,  lo observa y solo ve a un niño perdido, necesitado de consuelo y protección, frágil e indefenso como nunca antes lo había visto. Lo contempla y se pregunta si será consciente de lo triste que resulta ahora su absurda y ridícula indumentaria. De nada sirven ya su armadura, su escudo y su espada, convertidos de repente en objetos de juguete; con la capa arrugada y a medio caer, más parece un héroe vencido y fracasado.

Ambos  reflejan tristeza y pesar en sus miradas, uno por sí mismo, otro por su señor. Ante la irrealidad de don Quijote, Sancho en su sabiduría se dice a sí mismo: «Ay, qué voy a hacer con él, si no es más que un niño sumido en su fantasía…»