Mi prima Eva es una de las
mujeres más elegantes que conozco. Elegante en todos los sentidos, con todo lo
que significa ser elegante. No es sólo una cuestión de estética, de saber
vestirse bien, es una actitud, una forma de moverse, de andar, de hablar, de
callar, saber estar, ser discreta, prudente, no meter la pata. Ella cumple
todos los requisitos. Por eso, y por muchas otras cosas, la admiro.
Hace poco ha perdido a un hijo
con veinte años, y me dan ganas de preguntarle: «Eva, ¿eso cómo se come?». Creo
saber la respuesta, y es que ella lo ha estado masticando durante mucho tiempo,
y eso imagino que le ayuda a digerirlo. Recubre su dolor con una elegancia supina.
Hace unos días yo estaba tomando un
aperitivo en una terraza y la vi por la acera de enfrente, tan elegante como
siempre, menuda y delgadita, me pareció un gigante de tres metros. Me
sentí pequeña como una hormiga. Quería ir a abrazarla, a ver si así me traspasa
algo de su inteligencia, su entereza, su fortaleza y, sobre todo, de su
elegancia. Pero me acobardé y sólo acerté a lanzarle un beso. Ella,
elegantemente, me lo devolvió.
La admiro y la quiero.

